La caza de la ballena

La caza de la ballena es una actividad característicamente vasca desde hace siglos. Sólo en Japón, es decir, en el otro lado del mundo, se armaban también embarcaciones para esta actividad; de hecho, en la actualidad la siguen ejerciendo. Los otros pueblos no la conocían, excepto en la forma arcaica de aprovechamiento de animales varados en la costa, vivos o ya muertos, que se despiezaban apresuradamente, antes de que comenzaran a corromperse.

Pero los inicios no son inmemoriales. Las primeras menciones escritas, del siglo XII, nos remiten a una actividad ya afianzada, hasta el punto de que las autoridades se reservaban sistemáticamente una parte de los beneficios: en Lapurdi, primero los duques de Aquitania; después, sus sucesores, los reyes de Inglaterra de la dinastía Plantagenet (al rey la cabeza, a la reina la cola); y, desde la segunda mitad del siglo XV, los reyes de Francia. Asimismo, en las villas costeras de Gipuzkoa y Bizkaia, se tributaba en especie a la Corona, según lo estipulado en cada caso: en Getaria, el primer animal cazado cada año; en Zarautz, una tira desde la cabeza a la cola de cada presa… o se invertía el correspondiente tributo en el arreglo de murallas, puertos, edificación de iglesias, etc. También el obispado de Bayona cobraba como diezmos de Biarritz la mejor parte de las ballenas: la lengua, desde el siglo XIII hasta 1562. Aunque para entonces la principal actividad ya se había desplazado al otro lado del Atlántico.

A partir de entonces, en la costa vasca la caza era cada vez más rara, y en el siglo XIX los casos son esporádicos. La ballena atrapada en Orio (Gipuzkoa) en 1901 es la primera y la última del siglo XX. Para cuando en 1986 la caza fue oficialmente prohibida en todo el mundo, hacía ya mucho que había dejado de ser una actividad vasca, incluso en otros océanos.