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La segunda mitad del siglo XIX corresponde a la transformación de la caza de la ballena en una industria mortífera. La invención del cañón arponero por el capitán noruego Svend Føyn en 1864 supuso un antes y un después. El número de ballenas y cachalotes cazados en el siglo XIX puede ascender a millón y medio de ejemplares. En el siglo XX, se calcula en 700.000 cetáceos cazados, aunque también hay quien evalúa la matanza en hasta dos millones de animales.
Paralelamente – y afortunadamente, se podría añadir – en 1859 el coronel Drake comenzó a perforar los primeros campos petrolíferos: el petróleo fue progresivamente sustituyendo la grasa de ballena como combustible para la iluminación, lo que produjo cierto parón en la industria ballenera.
Sin embargo, la caza de la ballena, y en especial del cachalote, se renovó en busca del espermaceti, materia prima muy apreciada para la fabricación de lubricantes de maquinaria delicada, así como de cosméticos. A principios del siglo XX, una nueva aportación técnica favoreció la caza de las ballenas y por tanto aumentó su riesgo de extinción: el plano inclinado en la popa de los navíos, que permitía alzar el animal entero a bordo de auténticas fábricas flotantes de despiece y procesamiento. Los navíos modernos eran capaces de desplazarse a largas distancias durante largos periodos de tiempo, lo que permitió la explotación del Antártico.
A principios de los 30 del XX, los países cazadores ya eran conscientes de la necesidad de regular esta práctica si se quería garantizar el futuro de la industria, lo que implicaba, obviamente, la conservación de las ballenas. En 1946 se creó una Comisión Ballenera Internacional, y en 1986 se firmó una moratoria de caza, moratoria que sigue en vigor, pese a las desavenencias entre los países miembros (88 en 2009). De hecho, existen dos grandes bloques antagonistas: los países cazadores y los proteccionistas.